sábado. 10.12.2022
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Ecos que dicen: "Sin justicia no hay paz"

Como todo el mundo sabe, 2020 fue único. También mi relación con este año fue única porque, a pesar de los confinamientos estrictos y las cuarentenas, el trabajo que tenía entonces me obligaba a seguir desplazándome a la ciudad a diario. Veía cómo la ciudad se convertía en un episodio de Life After People. En este punto era habitual caminar varias manzanas sin cruzarse con otra persona: algo imposible antes del covid-19. El silencio era tal que podía oír los gemidos del viento chocando contra los rascacielos repletos de gente. Bajo mis pies, los trenes fantasma pasaban de una estación vacía a otra. Todo el tiempo me encontré caminando junto a camiones frigoríficos que zumbaban: los gélidos sonidos de la muerte actuando como marcadores de un tiempo tan catastrófico. Era surrealista, pero le quedaba poco tiempo a ese silencio.

A medida que las semanas se convertían en meses y los informes de asesinatos de negros a manos de la policía se sucedían, las calles se inundaban de gente que exigía un cambio. Los que no se habían aventurado a salir de sus apartamentos durante meses se encontraron de repente en una ciudad desconocida, librando una batalla demasiado familiar, codo con codo, con sus corazones y sus compañeros. Los que habían sido puestos en cuarentena se encontraron abruptamente rodeados por un mar de humanos eléctricos, furiosos, dolientes, decididos. El paisaje urbano había cambiado: lo que antes era una ciudad vibrante y totalmente accesible, ahora estaba tapiada como una fortaleza de madera. Al marchar de un barrio a otro por puentes y túneles nos encontramos con una fuerte resistencia. La gran concentración de manifestantes pacíficos se enfrentó sistemáticamente a la violencia de la policía.

En mi experiencia, casi todas las acciones violentas durante meses de protesta fueron incitadas por la policía: una confirmación más que se sumaba a los enfáticos llamamientos al cambio sistémico. Como manifestante con una cámara (a diferencia de un fotógrafo que cubría una protesta) tenía un punto de vista único, vulnerable. Todavía puedo oír el eco de los gritos de "no justice, no peace". El nombre de George Floyd y de muchos más. También escucho aun el sonido de los cráneos que se rompen cuando la policía decide que ya es suficiente, el constante torbellino de las sirenas y el zumbido incesante de los helicópteros sobre nuestras cabezas. El caótico barullo desgarrador de los gritos reaccionarios amortiguados por la violencia cuando, sin previo aviso, y la mayoría de las veces sin provocación, se desata.

Documentar este capítulo de un libro que aún se está escribiendo me pareció muy importante. Aunque sólo sea para tener y compartir un registro visual la clase política civil. 

Brian Pollock es fotógrafo independiente y artista nacido en Detroit (Estados Unidos) y afincado en Nueva York. Busca constantemente la belleza en lo mundano, los momentos fugaces que a menudo se pasan por alto y se pierden, y que conforman el tejido de nuestra vida cotidiana. Se inspira en la gente y se siente atraído por capturar los instantes que suelen pasar desapercibidos. Ha publicado en The New York Times y en The Wall Street Journal, entre otros medios.
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