lunes. 08.08.2022

Más allá de la modernidad: ¿Sirven los viejos esquemas para responder a los desafíos actuales?

Nuestra actualidad histórica contemporánea está marcada por crecientes crisis y desafíos, los cuales interpelan nuestro sentido del mundo que nos rodea y del cual somos y hacemos parte. Crisis como la climática-medioambiental, epidemiológicas, bélicas, de polarización y conflictos internos, psicológicas, económicas y de distribución de recursos, de impactos tecnológicos y muchas otras dinámicas paralelas multidimensionales que nos reclaman como ecosistema, como especie, como sociedades, y como personas.

Meme sobre la premodernidad, la modernidad y la postmodernidad | Revista Transversal
Meme sobre la premodernidad, la modernidad y la postmodernidad | Revista Transversal

Los escenarios de crisis no son nuevos: vienen atravesando la historia a lo largo de los siglos con repercusiones que en múltiples ocasiones han devastado sociedades de manera parcial o total. Lo que nos marca hoy en día no es tanto la presencia o ausencia de crisis diversas, sino la forma en que las vemos y cómo nos desenvolvemos ante los acontecimientos que vienen con ellas. Atravesando estas pasadas crisis, mediante la experiencia -y mucha buena y mala suerte-, hemos desarrollado diversas maneras de entender los acontecimientos y procesos del devenir histórico, como también en ocasiones múltiples maneras de organizarnos y re-organizarnos socialmente, que de una manera u otra responden a periodos históricos particulares que marcaron -y marcan- las bases sobre cómo entendemos el mundo, y como consecuentemente debemos actuar ante él.

Para responder a estos nuevos desafíos que enfrentamos y tomar las posibles nuevas oportunidades que tenemos, nos es necesario entender -al menos parcialmente- de dónde venimos, en qué punto estamos y hacia dónde podemos ir. En consecuencia, es preciso desarrollar nuevos idearios y principios de acción que se adapten a estos nuevos tiempos y dejen de lado aquellos viejos paradigmas que claramente han sido –y serán– insuficientes para desenvolvernos hoy y en el futuro. Esos paradigmas del pasado están agotados: tanto de manera descriptiva, para explicar el presente, como también normativamente, para dar respuestas hacia el futuro. Por ello, los grandes paradigmas-proyectos del pasado, referidos al pre-modernismo, al modernismo y consecuentemente el posmodernismo se han vuelto de alguna manera insuficientes -o incluso obsoletos- sucesivamente, forzándonos a abrazar proyectos post-postmodernos que se encuadran en este presente “fin del fin de la historia”, que respeten e integren lo bueno de los paradigmas anteriores y superen lo que no sirve. Posiblemente, llevándonos así a una nueva referencia histórica-temporal.

Estas macro-categorías históricas y axiológicas-valorativas -estos grandes “ismos”- anteriores denotan sentidos, sentimientos y sensibilidades temporales generalizadas, ya que cada una de ellas engloba distintos marcos cognitivos, explicativos y socioculturales, que se anclan como marcos de referencia expandidos en las sociedades en determinados tiempos históricos. Siendo así también que estos paradigmas-proyectos conviven y se solapan entre sí en tanto a sus expresiones empírico-temporales, variando a su vez en énfasis e intensidades según la región geográfica, cronológica y de grupos sociales en cuestión. Las mismas, de una manera u otra, estructuran marcos generalizados de conceptos, preferencias, pertenencias y guías de acción sociopolítica. De esta manera, se considera aquí la necesidad de repasar brevemente estos grandes macro-paradigmas históricos, para luego intentar explorar ciertos lineamientos de posibles nuevos proyectos post-postmodernos -que vienen después de la postmodernidad- anclados en una nueva presunta temporalidad que está emergiendo como muchos afirman.

Cuadro comparativo del premodernismo, el modernismo, el posmodernismo y el meta-modernismo.

La pre–modernidad

En la visión pre-moderna de la historia, los acontecimientos se ven como algo natural e irreversible: ya sea algo que provenía de los dioses, característico del mundo teocéntrico, o como algo que era parte misma de la naturaleza y del orden del universo, relacionados con el animismo o de la visión cronocéntrica, cosmocéntrica y/o cíclica de la historia.

Con las gafas de la premodernidad, ante las crisis nada se podía hacer y nada haría mejorar la situación de las generaciones futuras: todo lo que sucedía estaba anclado en factores de más alto orden y, por tanto, las acciones sociales o las respuestas y oportunidades de cambio ante esos acontecimientos negativos no tenían sentido en tanto a la autonomía de decidir -o crear- el futuro.

En general, esta manera de ver la historia y los valores que conlleva han caído en el abandono –o han sido atenuadas– en la mayoría de las sociedades contemporáneas. Y esto es porque la visión moderna ha tenido un impacto casi global en el presente, pero de igual manera, todavía persiste en muchos lugares y también crece en otros donde este marco de referencia no era generalizado. Ejemplos de esto pueden ser la búsqueda activa de una vuelta a órdenes pasados, como el fortalecimiento del conservadurismo en distintas regiones, la creciente apelación a la religión, a ciertas supuestas jerarquías naturales, a la tradición, y/o al nacionalismo-étnico como ejes ordenadores de la sociedad. También de igual manera se está produciendo un movimiento social creciente que apela a una vuelta a un estado de naturaleza-primitividad de cazadores-recolectores como vía para sobrellevar las crisis presentes.

Volver a estos órdenes del pasado lejano, por los cuales nos hemos desenvuelto gran parte de la historia en este planeta, claramente no pueden ser referencias fidedignas de cómo funciona el mundo, ni mucho menos responder a los grandes desafíos que enfrentamos hoy en día como civilización global; esto no quita tener en cuenta y reincorporar algunas tantas cosas positivas que se puede aprender de estos paradigmas, que quizás de manera brusca y errónea la modernidad decidió dejar de lado.

El proyecto moderno

Después, con el devenir de la modernidad, y del antropocentrismo y tecnocentrismo subsecuente, empezamos a ver las crisis y calamidades como cosas y situaciones evitables por la acción humana, o incluso hasta como procesos históricos intermedios de algo que iba necesariamente hacia un mundo mejor, y en donde las oportunidades de mejorar eran una decisión autónoma-consciente a seguir; especialmente mediante el uso e implementación del conocimiento científico, la tecnología, la racionalidad, la industrialización, el universalismo ético-moral, las ideas del desarrollo, entre muchas otras bases, que causaron un fuerte optimismo intergeneracional hacia un supuesto futuro cuasi-utópico de abundancia y paz generalizada; conceptos y marcos de referencia que compartieron de cierta manera todos los proyectos políticos modernos de distinta naturaleza.

Los idearios modernos de ordenamiento social han sido varios y muy preponderantes, tales como las primeras variantes del liberalismo, el socialismo, el capitalismo, la democracia, el nacionalismo cívico y el patriotismo, o los nuevos desarrollos relacionados con el eco-modernismo, entre tantos otros que, de cierta manera, conviven con nosotros.

Pero especialmente en los últimos cien años la visión moderna y optimista de ver la historia y de responder a las crisis que esta ha traído consigo se empezó a resquebrajar. Especialmente, debido a las diversas calamidades bélicas, genocidios industriales, crisis económicas de gran magnitud, una creciente devastación medioambiental-ecosistémica, la violencia y explotación sistemática de poblaciones y regiones, la fuerte concentración del poder y recursos en pequeñas élites, entre muchas otras dinámicas que enmarcan un fuerte cuestionamiento a los distintos procesos y conceptos de la modernidad.

A pesar de muchas cosas positivas de la modernidad, tales como la medicina científica, la masificación de medios de transporte y bienes básicos de consumo, las tecnologías de la información, la automatización industrial, la idea de derechos humanos, o la participación política, entre tantos otros productos modernos; el modernismo tampoco se presenta como un paradigma ya a seguir, ya que sumado -y consecuente- a las inconsistencias teóricas, esta también ha traído consecuencias negativas como la devastación ecosistémica-ambiental, la explotación y menosprecio de culturas, personas y otras especies sintientes, un sobre-optimismo tecnológico, o el uso de los ordenamientos-racionales diseñados para reforzar, esconder y normalizar asimetrías y jerarquías de poder altamente injustas.

El proyecto posmoderno

Ante el declive de la modernidad, empieza a emerger la posmodernidad de la mano del posmodernismo, especialmente en las regiones de matriz occidental, que se manifestó en diversos proyectos dedicados no solo a señalar las crisis y devastaciones achacadas al modernismo, sino también se empleó en cuestionar y deconstruir los mismos pilares de base que sostenían esta modernidad. Entre ellos, el antropocentrismo, la objetividad y la neutralidad del conocimiento, el optimismo tecnológico, el desarrollismo, la linealidad histórica y muchas otras a las que el proyecto moderno hace referencia.

Ante todo ello, el proyecto posmoderno empezó a plantear nuevas bases para ver la historia y cuestionar las formas imperantes organizar la sociedad. Se trató de bases opuestas al proyecto moderno, tales como una crítica a los grandes proyectos históricos, el relativismo, el perspectivismo, el subjetivismo, el existencialismo, el atomismo, el nihilismo ético-moral, el lenguaje-centrismo, el indeterminismo y un pesimismo generalizado, entre otros tantos ejes orientadores. Con esta mirada, la historia y las crisis se interpretaban como parte de la existencia y del porvenir del “sujeto”, entendiendo que nada racional había que hacer, ya que la noción de tiempo histórico futuro estaba diluido en la nada misma, y que el concepto mismo de prosperidad ni siquiera tenía sentido. Siendo así, los acontecimientos temporales eran algo ininteligible, inevitable, carente de sentido y anclado a una lucha perpetua de poder, sin final o dirección alguna, dando lugar a un sujeto ahistórico, aislado y atemporal.

El ideario posmoderno permeó en distintas estructuras sociales, por ejemplo en la conversión del capitalismo industrial-centralista anclado en la noción de progreso histórico, hacia una configuración mercadocéntrica post-política basada en el consumo de agentes atomizados-aislados anclados en un presentismo atemporal. O, también, en movimientos “de izquierda” sobre-ocupados en un énfasis sin fin en los análisis y luchas de micro-poder, y en la búsqueda activa de una fragmentación, descentralización, distribución, y desmantelación radical de todos los componentes macro-socio-organizativos existentes y posibles, con la finalidad de llegar a una especie de eutopía localista -el “buen lugar”- basada en agentes plurales-atomizados que vuelven a lugares comunitarios contra-culturales de pequeña escala, cuales según esta visión han sido marginados y excluidos por la modernidad.

En sí, a pesar de su impacto, el posmodernismo fue –y sigue siendo– no tanto un proyecto sociopolítico concreto, como sí lo fue el modernismo, sino que más bien es un movimiento reactivo contra-moderno, un discurso crítico y una concepción epistemológica que cuestiona los parámetros que le preceden; que a pesar de que a permeado muchas estructuras sociales, nunca se configuró como un movimiento socio-organizativo concreto, ni mucho menos llegó a proponer una idea de futuro en sociedad respectivamente. Entonces, más allá de aprender del mismo la necesidad de tener una actitud continua de crítica activa de los ordenamientos sociales y cognitivos establecidos -y por establecerse-, el proyecto posmoderno claramente no es un paradigma de referencia que pueda replantear el presente y el futuro en torno a enfrentar los enormes desafíos actuales, ya que niega la misma posibilidad de crear cambios macro-sociales hacia modelos mejores y más anti-frágiles de organización social.

Después del posmodernismo

Hoy en día, en paralelo a las múltiples crisis socioeconómicas, geopolíticas y ambientales-ecosistémicas que nos acompañan, de alguna manera se puede notar la aparición emergente de un nuevo sentimiento que se generaliza, cuál va más allá del pre-modernismo, el modernismo y el posmodernismo, que en mayor o menor medida se expande en las distintas regiones del planeta impactadas por la fuerte globalización.

Este presunto nuevo sentimiento-sensibilidad del quehacer social y los valores que este acompaña, se encuadra en un tiempo marcado por el “fin del fin de la historia”: se presenta aparentemente como una posible síntesis -o integración- de las diversas sensibilidades y marcos de referencia premodernos, modernos y posmodernos. Es así, que en este nuevo proto-tiempo, recupera la noción de temporalidad y futuro, anclado en una coexistencia del sentido de rechazo hacia los grandes relatos y el pesimismo generalizado, con la capacidad -y necesidad- de compromiso al cambio y la esperanza de pensar que el futuro puede ser mejor mediante la incorporación e innovación de nuevas respuestas, desarrollos, y aprendizajes gnoseológicos, tecnológicos y socioculturales.

Posibles expresiones tempranas e incipientes de esta nueva sensibilidad histórica pueden ser quizás la aparición de fenómenos sociales como el nuevo movimiento ambientalista y personalidades como Greta Thunberg, el movimiento “black lives matter”, las expresiones alter-globalización, los nuevos indignados, o ciertas nuevas expresiones post-partidocéntricas como la La République En Marche referente de Emmanuel Macron, entre tantas otras que están apareciendo.

Aunque es difícil de captar algo que recién está en sus etapas iniciales, muchos autores han empezado hacer referencia a ello apelando ciertas nuevas etiquetas y, consecuentemente, intentar caracterizar ciertas cualidades y dimensiones de este nuevo período-proyecto post-posmoderno. Entre estas conceptualizaciones emergentes, ha emergido fuertemente el concepto de meta-modernismo (Vermeulen, y Van der Akker, 2010; Van den Akker, Gibbons, y Vermeulen, 2017) como una “estructura de sentimiento” y lógica cultural abierta que emerge, reacciona y oscila entre el compromiso moderno y el desencanto-desapego posmoderno, tanto como síntesis, integración y superación de los dos; y que se presenta en forma de “ingenuidad informada” y/o “idealismo-pragmático”, situado un marco de en respuesta a los recientes eventos y desafíos de crisis climática, económica, tecnológica, y política.

Aquí, por términos prácticos de abarcar diferentes ideas y conceptualizaciones, se considera oportuno usar la etiqueta de post-postmodernismo, o simplemente lo que “viene después” del posmodernismo, y por tanto, también del modernismo y del premodernismo; terminología intencionalmente vaga y abierta, pero que marca concretamente ruptura temporal y conceptual con los períodos anteriores y, consecuentemente, dejando abierta la posibilidad de nuevas interpretaciones y desarrollos.

Este período, encuadrado posiblemente en nuevos proyectos emergentes, nos invita a superar la posmodernidad pensando de vuelta en la noción de futuro, no ya desde una perspectiva lineal y mecanicista de la temporalidad –tal como el modernismo invitaba–, sino desde una visión abierta, basada en el pensamiento complejo y crítico producto de una deconstrucción activa y consiente, orientada hacia la búsqueda de una protopia referida a la búsqueda mejoras sociales-personales persistentes y continuas ancladas en una perspectiva histórica no-lineal y post-utópica. Es decir, este período que se abre, es de construcción -o reconstrucción-, que viene luego y mediante la deconstrucción y la integración; sintetizando así la convivencia e incorporación entre categorías anteriormente -y erróneamente- entendidas como contradictorias, tales como el orden y el caos, la organización y la fragmentación, la ciencia y el arte, entre lo natural y lo artificial, entre lo espiritual y lo material, entre el conocimiento y la crítica, entre lo local y lo global, entre la centralización y la descentralización, entre la humildad y la grandeza, o entre lo presente y lo futuro.

A su vez, más desde el plano social, referido a los nuevos movimientos y desarrollos sociopolíticos, la post-postmodernidad probablemente pondrá fin a las grandes ontologías-históricas movimentistas, a las macro-ideologías, a los modelos organizativos del presente, y al esquema geopolítico vigente ya deteriorado; como también la superación de la actitud anti-organizativa y fragmentaria del proyecto posmoderno, dando lugar quizás a nuevas aproximaciones como la pluralidad-informada, la transeccionalidad, la transubjetividad, al pensamiento integrativo-integral, a las perspectivas de la complejidad y a un sinfín de nuevos desarrollos y productos de los estudios socioambientales que todavía estamos por ver respectivamente.

Aunque es difícil saber cómo esta nueva temporalidad y marco de valores se desenvolverá concretamente, al menos hoy nos invita a repensarnos y re-representarnos –tanto en lo personal como en lo grupal–, entre y más allá de las nociones y paradigmas pre-modernos, modernos y posmodernos. Intentando dilucidar –y elegir– cuál es nuestro lugar hoy en la historia y, consecuentemente, entender nuestras limitaciones y los peligros que el progreso conlleva. Quizás estos nuevos paradigmas y desarrollos nos ayudarán a navegar y superar estas grandes crisis y estancamientos que atravesamos como ecosistema, como especie, como civilización, y como personas.

Fuentes:

Vermeulen, T., y van den Akker, R. (2010). "Notes on metamodernism", Journal of Aesthetics and Culture.

Van den Akker, R.; Gibbons, A., y Vermeulen, T. (2017). Metamodernism: History, Affect and Depth After Postmodernism. London: Rowman & Littlefield.

Diego Galvalisi es politólogo y activista uruguayo especializado en temas de cambio social, enfoques regenerativos-medioambientales y estudios de futuro. 
Más allá de la modernidad: ¿Sirven los viejos esquemas para responder a los desafíos...
Comentarios